Doctor Strange en el Multiverso de la Locura (Doctor Strange in the Multiverse of Madness) tiene a Stephen Strange emprendiendo un viaje a lo desconocido junto a nuevos aliados místicos y otros ya conocidos, atravesando las peligrosas realidades alternativas del Multiverso para enfrentarse a un inesperado adversario.

El MCU ha tenido un recorrido inestable en el último tramo de su vida. La pandemia afectó sin duda, pero no es responsable absoluta de que las producciones entregadas por el estudio no siempre estén a la altura. Mientras en las series lidian entre productos que no terminan de convencer como The Falcon and The Winter Soldier y otros sobresalientes como Loki; en el cine el asunto tampoco había andado a ritmo constante. Black Widow llegó a destiempo y con una propuesta inofensiva, Shang-Chi and The Legend of the Ten Rings sin duda fue una sorpresa, pero luego Eternals careció de la épica que buscaba proyectar con un ritmo al que no todos le siguieron el compás.

Las cosas parecieron rectificarse eso sí con Spider-Man: No Way Home, en un ejercicio en el que la Casa de las Ideas decidió abrazar derechamente la locura de su propuesta, incorporando múltiples personajes a la mezcla, agitando todo al romper las barreras del Multiverso y, de paso, prometer consecuencias de proporciones para la Tierra 616 tras las andanzas de los héroes. En tanto Moon Knight juega sola bajo sus propias pautas en el jardín televisivo de Disney+, Doctor Strange en el Multiverso de la Locura viene a afianzar esa positiva rectificación del rumbo que retomaron con el arácnido y Marvel vuelve a remecer las cosas con una trama con objetivos ya antes vistos, pero como un regalo que viene envuelto con los atractivos artilugios de Sam Raimi.

El director se muestra en forma después de restarse de la escena hollywoodense desde 2013, cuando decidió entregarse a un safe space de reclusión tras encabezar Oz, The Great and Powerful. Y podríamos decir que la refrescante pausa dio resultados para que ahora, al momento que decide reencontrarse con los superhéroes, el hombre llega ejecutando sus hechizos de manera certera.

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La película se ahorra prácticamente toda presentación de personajes, salvo por la novedad de turno que representa América Chávez, para que pasando los 15 minutos de metraje, la tragedia y, en consecuencia, la aventura ya esté en marcha. En un primer tramo todo parece ajustarse a la espectacularidad usual de Marvel, hasta que los eventos dan un giro inesperado, alterando el panorama hasta un punto que parece irremediable.

El espectáculo crece, pero a la vez se oscurece. El cambio en la marea se vuelve siniestro, las confianzas se quiebran y el superhéroe que parecía infalible muestra su cara más atractiva, la de una figura cuya principal fuerza antagonista son sus propias decisiones. Es el ego que lo traiciona una y otra vez. Si en la primera lo vimos enfrentarse a eso y superarlo, ahora nos damos cuenta de que es una fibra delicada y muy importante de cultivar para que toda historia en torno al Hechicero Supremo funcione.

Como consecuencia, un villano inesperado, una caracterización de un personaje familiar como nunca se había visto, con un perfil que causará más de una controversia, pero que en el desempeño de su intérprete es tan atrayente como repulsivo. Es a partir de esa fuerza que se desata que lo nuevo de Marvel da un vuelco más interesante y repentinamente el timón gira ya no solo hacia la acción, sino que también hacia el horror.

Esto dice Sam Raimi por todos lados. Más en lo visual y estético que en la historia, pero eso es lo mejor: el cineasta con sus propios recursos es capaz de contar nuevamente la cruzada eterna del héroe por salvar al mundo. Lo mejor es que funciona, incluso dentro de los márgenes de la maquinaria MCU, pero sin perder ese sello tan distintivo.

El uso de movimiento en las cámaras, las mismas dispuestas como un observador omnipresente que sobrevuela todo, el cambio a mirada subjetiva, el cierre de la puerta con un giro repentino del cuadro, el asombro fugaz pero no como un jump-scare sino como una imagen que se te incrusta en la memoria y esa fijación con el alto impacto en el rostro de personas sin identidad que miran absortos los sucesos increíbles que ocurren frente a sus ojos, tal como si fueran los mismos espectadores. Todo muy Raimi y aún así funcionando dentro de Marvel. Esto no es solo un mero dron operado a distancia, es un ente con personalidad invirtiendo su energía al servicio del engranaje principal. 

Y hay decisiones arriesgadas sobre la marcha, partiendo por la elección de la amenaza de turno y cómo perpetra actos desdeñables, convencida de que su motivación es definitiva y justificada. El reto de presentar múltiples realidades también era un desafío, por la confusión que se puede generar en las mentes de los más distraídos, pero el guión de Michael Waldron da en el clavo, una vez más, tras la conquista que logró con Loki.

Y desde su trinchera, Danny Elfman se abre paso abarcando un amplio espectro de sonoridades en medio de la vorágine de las líneas argumentales, desde su lado más rockero que lo llevó a Coachella recientemente con sus bandas sonoras, así como la faceta más clásica de melodías juguetonas y aventureras, hasta su perfil de tintes más electrónicos.

Eso sí, el conflicto para Wanda Maximoff se puede sentir medianamente reiterativo, y se siente peligrosamente similar a lo que ya se explotó WandaVision. Por otro lado, algunos decorados realmente no funcionan y por momentos te sacan de la ficción, por ejemplo la simple escena de la azotea que se siente incluso menos real que el CGI en el combate contra Gargantos. Además, aunque en la previa se comentó que se aplicaron correcciones al corte final tras los primeros screenings, por momentos la película peca de una sobrexposición en los diálogos que le resta ritmo a lo que sucede. No aburre, pero es evidente.

Quizás con el tiempo y los repasos vaya mostrando sus heridas, que sin duda existen; pero de buenas a primeras, Doctor Strange en el Multiverso de la Locura es efectiva, satisfactoria y en ocasiones asombrosa; y es en los momentos más descabellados cuando mejor logra seducir con su encanto.