DeeDee Allen (Meryl Streep) y Barry Glickman (James Corden) son dosestrellas del teatro neoyorquino con un doloroso fracaso a cuestas, que verán una oportunidad para limpiar su imagen cuando descubren a Emma (JoEllen Pellman),una adolescente a quienla comunidad escolar le prohibió iral baile de graduación con su novia Alyssa (ArianaDeBose). Pero el activismo egocéntrico les resulta contraproducente, y las alicaídas figuras del espectáculo deberán cambiar su perspectiva sobre la vida para que Emma realmente disfrute una noche en la que pueda sentirse orgullosa de ser quien es.
No estamos muy acostumbrados a ver esto de parte de Ryan Murphy. El nombre del productor está más bien asociado a drama pesados, de ambientes amenazantes y una violencia que siempre termina emanando de los protagonistas.
Seguro, en “El Baile” están esos colores saturados vibrantes de su sello estético, pero acá tocan otra tecla, para alcanzar notas de un espíritu positivo a pesar de la situación de discriminación que va estructurando la historia.
Siendo una adaptación de Broadway, es reconocible la teatralidad de los elementos puestos en pantalla, con la grandilocuencia de un espectáculo de luces, glamour y escarcha brillante inundando el escenario. Porque todo momento es una nueva tarima para aprovechar.
Quizás por lo mismo la historia parte con un tono extremadamente exagerado, que luego va tomando un camino más consistente a medida que se adentra en el núcleo de la trama.
Entonces, vemos un James Corden que se desorbita en sus diálogos y una Meryl Streep que exacerba su pedantería, mientras Nicole Kidman presenta apenas destellos de sus capacidades cuando podría relucir mucho más. Al mismo tiempo, parece que los grandes rostros presentes intentan constantemente opacar la historia principal sobre la liberación lésbica, vislumbrando la pregunta ¿hasta qué punto los actores son meros artilugios del marketing? Pero, siendo benevolentes, se pueden entender como vehículos para al menos transmitir el mensaje.
Y es que así se sostiene gran parte de la película para el espectador: en un vaivén entre el constante reconocimiento de algunas falencias para luego ser reconquistado con los contagiosos números musicales. Una y otra vez lo hace. Una y otra vez.
Por momentos se siente que la defensa de lo inclusivo parece demasiado liviana, poco contundente en sus discursos; pero luego te absorbe con poderosas canciones como “It’s no about me”, con una Streep poderosa y rimbombante, o “Zazz”, prácticamente el único gran momento de Kidman, con el fin de cumplir un rol transformador.
La película te hace cuestionar tambiénqué tanto cantaron los actores y cuánto es doblaje, pero después te echa encima la felicidad de Corden haciendo “Barry goes to Prom”o la dolorosa “Alyssa Greene”, para lucir a Ariana DeBose y a Jo Ellen Pellman; y nuevamente te tiene a bordo de su fantasía. Desencanto y amor es el juego de “El Baile”.
Es que tal vez las expectativas traicionan. Murphy por lo general es directo y despiadado para exponer su arremetida contra la discriminación, pero acá lo hace con el endulcorado sonido pop de las canciones, algo que puede resultar un poco chocante para quienes quieran ver más de lo primero.
Pero insisto, “El Baile” tiene otra propuesta: quiere poner los temas sobre la mesa, pero no busca agobiar con su exposición. Anhela que por dos horas, las ideas telleguen con el abrazo de una melódica voz o un contagioso movimiento de pies que sigueel ritmo. Si hasta cuando te hablan de lo contradictorios que son los castigos bíblicos “tras 2000 años de opresiva intolerancia”, te lo entregan irónicamente en el paisaje aséptico de un mall que se presenta como templo para alimentar la inquietud más temerosade los fieles.
Puede que la fórmula melosa funcione para algunos y les choque a otros. Puede que la visión para sostener los postulados de “El Baile” parezca ligera y carezca de un conflicto que sedesate con consecuencias devastadoras, pero eso no significa que arroje resultados absolutamente negativos o menos relevantes para la actualidad.
Lo cierto es que al llegar a “Unruly Heart”, la película ya se gana al espectador. Es capaz de enmendar algunos de los baches del camino y no sería extraño que invoque también unas cuantas lágrimas de emoción para comenzar a cerrar la narración.
Está lejos de ser lo mejor o lo más potente que le hemos visto a Ryan Murphy, pero aquí el productor que cumple el rol de director se las ingenia para despojarse de la exploración sobre el lado más siniestro de lo humano que lo caracteriza, con el fin de presentar una historia que se siente inevitablemente cálida y fresca para tiempos en que el mundo se ha visto golpeado por la incertidumbre, la desolación y las penas de una pandemia.
Sin dejar de lado el estandarte de lucha por visibilizar la diversidad, “The Prom” cierra un año de terrible realidadcon una pequeña dosis de alegría y energía, incluso desde su cursilería, también con algo de esperanza.
