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El fútbol a lluvia y abrazos

Maximiliano Navarrete Amor

Periodista y Publicista en Marketing. De sangre roja y tinta del mismo color.

Columna hispana que relata la inolvidable jornada triunfal de Unión Española en Montevideo, debutando con un triunfo impecable su camino en la Copa Libertadores de América. 

La lluvia sacudía el casco antiguo del centro de Montevideo pero eso no evitaba que decenas de poleras rojas repartidas se vieran paseando por la capital uruguaya para matar la ansiedad de un desafío que tenía rival, hora y lugar: Club Atlético Cerro, 20 horas, estadio Luis Tróccoli. "Uuuuy, ¿juegan en el Tróccoli? Mamita querida... tienen que tener cuidado eh, ese barrio es bravo... en serio eh, es de los más jodidos de Montevideo" nos decía un taxista en el aeropuerto de Carrasco unos días antes, apenas pisábamos tierras charrúas. Esa misma advertencia se fue repitiendo con los días y tomó sentido cuando nos fuimos escoltados por la policía en el bus de la Furia Roja desde el hotel donde se concentraba el equipo hasta la cancha que quedaba a los pies del cerro de una villa bastante humilde. Siendo justos con nuestros amigos uruguayos, el comportamiento fue impecable y no hubo ningún sobresalto extradeportivo; las sorpresas del guión de esta historia estaban reservadas para la cancha y sus protagonistas. Hubo alguno que otro condimento sabroso de la galería sector Paraguay donde estábamos los cerca de 300 hinchas rojos que mencionaré en el transcurso de este cuento de feliz final.

El pequeño y recién remodelado estadio era testigo de un partido que empezaba trabado e impreciso. Salvo el "9" y el "10" de los charrúas, dos jugadores muy técnicos y explosivos, el equipo uruguayo se imponía más por las ganas y la pierna fuerte que por un juego estructurado durante los primeros minutos. La lluvia empezaba a decantar y la Unión empezó a hacer de a poco su juego. Sánchez con algunas salidas imprecisas pero también con uno que otro tapadón, los centrales Ampuero y Domínguez bien coordinados ganando casi todo por arriba, Larenas y Currimilla más conservadores de lo habitual, Galdames y Seymour haciendo el desgaste y pinchando pelotas como de costumbre, Pinares intentando armar el fútbol más cargado a la izquierda , un Churín intentando aguantar y descargar a los lados donde aparecían los rapidísimos Jaime y Salom que fueron las pesadillas de la húmeda noche en Cerro. Y en un pestañeo nos pusimos arriba luego de unos rebotes con gol de Churín; anotación que duró poco tras un cabezazo a quemarropa por parte del equipo uruguayo. El partido seguía su curso cuando de la nada, a través de la puerta de la galería, aparece un flaco de unos 40 años, saludando humilde, con un termo y su mate bajo el brazo, acompañado de su mujer y sus dos hijos. Diego Scotti se hacía presente para apoyar al rojo, filtrándose en la misma hinchada que lo aplaudió a más no poder algunas temporadas atrás. Gesto noble que sólo reafirma las palabras para el candombe uruguayo escritas en la columna hace unos años atrás.

El primer tiempo estaba llegando a su epílogo cuando, tras excelente habilitación de Churín, que sería reemplazado por lesión en el segundo tiempo, permitió que Carlos Salom con una vaselina sutil nos dejara en ventaja con "gol de camarín".

Durante todo el partido, a unos 30 metros del bombo de la barra, se encontraba una señora de aproximadamente 75 años. Tras el gol, caminó de manera enérgica lo más rápido que su edad le permitía hacia el núcleo de la barra y se fundió en un abrazo con algunos hinchas que delicadamente la envolvían en efusividad. ¿Quién era esa señora? Horas antes la vi sentada a las afueras del hotel Sheraton mientras esperábamos que los jugadores partieran rumbo al estadio. También Luego iba en el bus con la barra hacia el estadio y al rato tuve la fortuna de coincidir con ella entrando a galería. Su presencia apoyando al rojo, a más de 1500 kilómetros de Santiago, en un barrio áspero de Montevideo, instalándose con lluvia torrencial detrás del arco de Sánchez, hizo que se me apretara el corazón. Me acerqué y le cedí una capa para el agua de color celeste; el único color que vendían. Ella, al ver que mi polera de Unión estaba sobre mi plástico protector para que el rojo se luciera, me miró con una ternura infinita y me dijo "qué bien mijito, buena idea" y se amarró su chaleco rojo de lana al cuello simulando una bufanda, por encima del color del plástico rival. Buscó en su cartera con sus manos temblorosas el dinero para pagar la capa, y ella, al ver que yo no iba a recibir la compensación, recogió con cierta dificultad una moneda de 1 peso uruguayo del suelo mojado y me dijo "entonces tome mijito, muchas gracias... guárdela como amuleto de suerte... hoy ganamos". La señora de avanzada edad, que al cierre de los primeros 45 minutos estaba celebrando el 1-2 transitorio, según lo que se conversaba entre los hinchas, resultó ser la abuelita de Pablito Galdames. Su entusiasmo era sobrecogedor. Parece que la pasión no admite excusas de distancia ni edad.

El segundo tiempo el cuadro de Independencia mostró cosas interesantes principalmente a través del jovencito Aránguiz, lo que aporta a la discusión sobre la capacidad de Héctor Robles al mando de la sub 20 al no considerarlo en la nómina final. Dejó chiquitita la pelota el enano. Meneses entró a cumplir por su zona sin entenderse mucho con Dagoberto, algo predecible considerando el poco tiempo de adaptación que tuvo el volante nacido en Colo Colo. Los que se robaron la película sin duda fueron Salom y Jaime; el primero tenía mareados a los defensas con sus escapes entre líneas, generando un par de ocasiones que no terminaron en las redes, mientras que el último volvía a tapar algunas bocas de varios hinchas con poca memoria que se olvidaron de la entrega de Sebastian hace unos años, como se repasa en la columna cuando decidió partir por el sueño americano . Resumen: tres delanteros rojos, tres goles. El último, justamente de Jaime, con una pelota loba bajando de manera casi paranormal colándose por sobre el arquero al minuto 90. Lo celebró colgado de la reja, junto al puñado de hinchas que fuimos parte de esa noche lluviosa inolvidable, esa que incluyó a la abuelita de Galdames y también a Diego Scotti y su familia.

Con la victoria ya en la maleta, aún embobado por cómo se dio esta nueva hazaña de la Unión querida, "yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin del partido" tal como alguna vez escribió con total certeza el gran escritor, precisamente uruguayo, Eduardo Galeano.

foto: Agencia Uno

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