El gol más gritado

Cristián Arcos

Periodista de ChileVisión, Radio Futuro, RadioSport y “tenor” de ADN Radio

Por Cristián Arcos

Dicen los que saben, a menudo más viejos, con más experiencia, con más recorrido que nosotros, que los verdaderos sentimientos son aquellos que carecen de explicación lógica. Los amores, las pasiones, las reacciones innatas caben dentro de esta definición. Y gritar un gol no tiene una explicación lógica. Simplemente fluye.

Ningún grito de gol es igual a otro. Cada uno es un tesoro para un momento irrepetible. Muchas veces se explica por la importancia del partido. Pero en otras son desahogos personales, que tienen mucho más que ver con nuestra biografía que con lo que ocurre en el gramado.

Mi gol más gritado fue el 27 de octubre del 2008. Por muchas razones. Curicó le gana a Puerto Montt por la mínima. Y tenía que ser Rodrigo Riquelme, el mejor jugador albirrojo de esa temporada, el que conectara el cabezazo que nos llevó por primera y única vez a la Primera División. Sólo un curicano puede entender lo que significó ese gol. Años de martirio, de burla, de cierta envidia, de ver que todos iban a la fiesta, menos nosotros.

Pero el grito no fue sólo por el acceso a la división de honor. Meses antes había muerto mi abuelo. Fue más de treinta años dirigente del club. Fue uno de sus socios fundadores. Aparece en el número cinco de los registros históricos. Él, más que nadie, merecía estar allí. Y no estaba. No aguantó. No soportó. No pudo. Pero eso, esa tarde de lunes (día raro para jugar un partido), yo grité por los dos.

Hay varios más. El cabezazo de César Díaz en el último minuto a Colo Colo en Talca. en nuestro debut en Primera. El cebezazo de Walter Segovia cuando le ganamos a la U.

Están los de la Selección chilena. Siendo muy chico, grité mucho el tiro libre de Jorge Aravena a los uruguayos en el estadio Nacional. Aún no sé cómo entró esa pelota. Más grande, muchos de Zamorano por el Real Madrid. El cabezazo de Salas a Italia en Francia 98. Meses antes, el Matador y su obra de arte ante los ingleses en Wembley. El gol de Reinaldo Navia a los argentinos en Londrina lo grité desfasado, cuando en un avión el piloto anunció que el pleito había terminado y la Roja había clasificado a los Juegos Olímpicos. Es extraño, pero en el camino a Sudáfrica, el que más festejé fue en un partido que Chile perdió. Fue contra Brasil en Salvador de Bahía. Estaba rodeado de prensa local cuando Suazo encajó una volea de zurda perfecta. Con un profundo desapego a mi integridad, lo grité con todo, ganándome indescifrables insultos en portugués. 

Mis amigos de la U me nombran varios en sus historias particulares. Salas a la UC el 94. Goldberg a Corinthians en una Copa Libertadores, Mardones a Cobresal, Gino Cofré a Colo Colo el 92. Mis amigos de Colo Colo me mencionan a Barticciotto contra Boca el 91, los dos de Luis Pérez en la final contra Olimpia. El de Matías Fernández a la U en la final del 2006. Mis amigos cruzados me gritan uno de Almada en la Copa Libertadores del 93. El Beto Acosta rompiéndole el arco a Colo Colo. Uno más viejo de Unión Española me pide que no olvide el  de Sergio Ahumada en la final perdida de la Libertadores el 75 contra Independiente. Los de Cobreloa me ruegan que no olvide uno de Víctor Merello a Flamengo en una final de Libertadores, que estuve cerca pero no alcanzó. Los de Wanderers me cuentan de uno de Jorge Ormeño contra Unión Española en el Santa Laura, uno de Jaime Riveros a Colo Colo a dos fechas de ser campeones el 2001. 

No hay nada comparable como gritar un gol a todo pulmón. Carece de explicación lógica. Eso lo hace único. Grande. Nuestro. Irrepetible.