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No soltarla más

Darío Sanhueza

Panelista de radio @dalealbo. Abogado en mis tiempos libres.

Columna alba acerca del triunfo del Popular ante la Universidad de Concepción, retomando la punta de un torneo que entra a su recta final. 

Pocas veces el Cacique tiene semanas tranquilas, y la que acaba de pasar sin dudas no fue la excepción. El post clásico dejó bastante paño que cortar, desde las obligadas bajas de Baeza –por suspensión– y sobre todo la de Barroso –por una lesión arrastrada hace un tiempo y que en buena parte explica un pequeño descenso en el rendimiento del Almirante–, pasando por la actualidad de Paulo Garcés, la no citación de Mark González (y su inasistencia al Clásico), hasta el rendimiento del equipo, tanto en el juego como en lo numérico, con dos puntos sobre los últimos nueve, poco si se quiere ser campeón.

Por ello, era importantísimo ganarle a la Universidad de Concepción. Esa importancia se transformó derechamente en urgencia luego de la sorpresiva derrota de Iquique en su cancha, comenzando a mostrar que, pese a ser un muy buen equipo, su plantel es algo frágil para soportar dos competencias al unísono.

De todas formas, esa urgencia no se vio durante el primer lapso en un bonito Monumental con aproximadamente veinte mil personas. Es cierto que Guede tuvo que manejarse con una defensa absolutamente remendada, de hecho por distintas razones ninguno de los cuatro de atrás estaba en el ideal de principio de año (Villar, Barroso, Zaldivia y Baeza), y habría que apañárselas con Meza de líbero, el dúctil Felipe Campos y el aun más dúctil Gabi Suazo formando una línea que, además, debía apoyar a un Paulo Garcés que venía teniendo jornadas difíciles y derechamente sufrientes en cancha. El público estuvo impecable en el apoyo al parralino, desmitificando algunas habladurías que uno escucha respecto a la hinchada alba versus otros autodesignados como los únicos destinatarios de la pasión mundial.

Pero en el primer tiempo el equipo fue demasiado conservador y poco creativo e intenso, y uno lo puede explicar fundamentalmente porque el “miedo al error” era bastante superior al de la normalidad de los encuentros, por el momento en el que llegaba Paulo Garcés y por jugar con una defensa con escaso rodaje. Sin embargo, pese a esta cara tan mustia donde costaba darse más de tres pases seguidos, el Cacique se fue afirmando en la cancha y todos los hombres del sector defensivo hicieron un correcto trabajo, Garcés respondió bien cuando se lo requirió y los centrales, pese a no mostrar fluidez con la pelota, no pasaron grandes zozobras.

Sin embargo, esa paulatina seguridad en el bloque posterior de ninguna manera iba a ser suficiente para ganar un partido que se transformó en clave, por lo cual el café del entretiempo no podía ser aguado sino que derechamente tenía ser pulpa de cafeína. Y por suerte el equipo entendió de buena forma la necesidad de llevarse el partido, ante un rival ordenado pero absolutamente inexpresivo en la faz ofensiva.

Y así apareció la gran figura de Jaime Valdés, que jugó quince o veinte minutos francamente formidables en el segundo tiempo, lo cual es aun más meritorio considerando sus evidentes dolencias y el paso inexorable del tiempo. La jugada del 1-0 es del 2014, o quizás de sus tiempos en Italia, una pasada furibunda por el costado izquierdo convirtiendo a Francisco Alarcón en un verdadero letrero señalizador de camino (“Gol a dos kilómetros”), estupendo centro de revés y Octavio Rivero –que había sido de lo poco rescatable del primer tiempo– se la llevó por delante de forma quizás fea, pero muy efectiva, para darnos la tranquilidad de haber abierto la cuenta antes que llegaran los fantasmas. A algunos más veteranos nos recordó a un gol con la mano (casual) del Tunga González a la Unión en 1992.

Ya con la tranquilidad del 1-0 el equipo se soltó y el Campanil se transformó en un alma en pena, caldo de cultivo para mostrar mayor autoridad en el juego y en el marcador. Y llegó el 2-0 con una joya, un pelotazo espectacular del Pájaro para un Octavio que no sólo paró, sino que imantó la pelota y la hizo perfecta para que Esteban marcara su gol 149 con esta camiseta. Algunos muchachos creerán que es suerte que Esteban haya estado ahí para empujarla, pero otros tenemos la capacidad de darnos cuenta que la ubicación del delantero es algo que se trabaja y se entrena, y que la inteligencia para saber dónde estar y dónde llegar es un don que tienen sólo los buenos.

Luego de la salida de Rivero y el Pájaro producto de la bravura del hacha de los muchachos de amarillo –lo único que mostraron–, llegó el 3-0 tras una gran acción de Canchita Gonzales, sacado desde el fondo de la despensa para meterle un hermoso pase profundo a Figueroa, que siguió inteligentemente el pelotazo y mandó un gran centro para que Esteban hiciera un poquito más que empujarla, sino que definir de picotón y de revés sobre el Tigre Muñoz que sólo pudo tocar la pelota, mas no impedir el gol N° 150 de Esteban con esta camiseta, su octavo en este torneo (sin penales), y el N° 182 en su trayectoria en Primera División, que lo pone como el quinto goleador histórico de todos los tiempos en Primera. Estamos viendo cómo se hace la historia, lo más probable es que, con la dinámica mercantilista e inmediatista del fútbol de hoy, nunca más veamos a un jugador haciendo tantos goles con nuestra camiseta. Los invito modestamente a disfrutarlo cada vez que entre a la cancha.

Quedan cinco finales, tres son afuera –con San Luis, Everton y Cobresal– y dos en casa –Palestino y Antofagasta–. Va a ser clave la recuperación de Barroso, la vuelta de Baeza, ojalá poder contar por fin con la buena pegada de Pedro Morales como alternativa, que Esteban y Octavio mantengan su entendimiento y poder de fuego, y sin dudas que Garcés recupere paulatinamente la tranquilidad y nos vaya dando seguridad. Ya retomamos la punta, ahora no hay que soltarla más.

Foto: Agencia UNO

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