Entre cuatro paredes

Darío Sanhueza

Panelista de radio @dalealbo. Abogado en mis tiempos libres.

Columna alba acerca del triunfazo del Cacique en el Clásico ante la U, luego de una jornada memorable del legendario Esteban Efraín Paredes Quintanilla.

¿Habrá algún cliché más grande que hablar de que los clásicos son partidos diferentes? Muchas veces se critica a los clichés, a las frases hechas, pero muchas veces éstos se fundan en la historia y en patrones que tienden indefectiblemente a repetirse. Y por lo mismo, venimos humildemente a defender el cliché de que los clásicos son partidos que cuentan con diversos componentes que lo convierten en un desafío de distintas características a los partidos normales.

Porque Colo Colo no llegaba bien a este partido. Tener cinco puntos sobre doce, no haber tenido la jerarquía para imponerse ante rivales a los que debió ganárseles, un cuerpo técnico cuestionado desde hace bastante tiempo, y además las molestias físicas del capitán, formaban un panorama lejano al ideal. Por otra parte el Cacique enfrentaría a un rival muy “cuenteado” con ser los últimos campeones, pero sobre todo con su mística, con sus intangibles, con un técnico que con su discurso público místico-holístico-trascendental-neurocientífico probablemente resulte ser la máxima envidia de personajes como Pedrito Engel –pero con el plus de proporcionar deliciosas empanadas en las conferencias de prensa a algunos reporteros, hay que reconocerlo–, y que contaría con al menos cuatro o cinco elementos lo suficientemente experimentados como para intentar, por fin, dar el asalto en la cancha más difícil del mundo para ellos.

Porque podrán ganar en el Maracaná, en Argentina, ganar un torneo internacional –todo con mucho mérito, por cierto–, pero en el Monumental no. ¿Por qué es más accesible el Monumental para equipos de menor talante? Porque a Colo Colo no pocas veces le complica doblegar defensas muy cerradas, se abruma, no encuentra los caminos y por ahí le meten una contra y termina perdiendo. Pero la U nos quiere ir a ganar de guapa, superarnos futbolísticamente y en personalidad, y así les ha ido, con apenas un empate en los últimos nueve clásicos jugados en un Pedrero que ayer estaba hermoso como en sus mejores tiempos. De esa forma no nos van a ganar jamás y en este nuevo Clásico quedó más que demostrado. Si además le suman a eso el vergonzoso nivel futbolístico y mental de jugadores experimentados, especialmente en su faz defensiva, y un esquema improvisado, es aún más difícil.

Si incluso el Cacique pudo haber abierto la cuenta al minuto, en un compendio de errores defensivos que culminaron con un remate del Pájaro que se apuró un poquito y se le fue por alto. Pero era cosa de minutos, con una jugada de presión alta plagada de inteligencia: de Paredes para quitarle la pelota a un Beausejour muy torpe, de Valdivia en su profundización, de Nico Orellana en un brillante movimiento sin pelota, y del propio Esteban para definir como mandaba la jugada –ya ahondaremos en el tema de Efraín–. Hermosa demostración de contundencia.

Esta cosa tan “cuenteada” de los azules encuentra un punto clave en la jugada del segundo gol, que no ha sido muy comentada. Tenían un tiro libre en mitad de cancha, se pararon con disposición de ataque, y Lorenzo Reyes intentó un remate desde más de cuarenta metros, una improvisación y desorientación total. ¿De verdad Reyes pensó que podía tener posibilidades de marcar rematando desde ahí? Muy bien nuevamente Nico Orellana en la recuperación, armó el contragolpe con Valdivia y el Pájaro, que armó un recorrido fenomenal por el costado botado por un Beausejour que todavía viene trotando de vuelta, le destruyó la cadera a Jara y mató con un zurdazo inolvidable.

El único momento complejo vino después, pero no por algo que mostrara la U, sino que porque Colo Colo empezó a luchar contra su propia historia reciente, de esa indefinición entre no saber si seguir buscando o resguardarse para mantener la ventaja. Pese a esa indefinición, el equipo no pasaba sustos, pero el rival se encontró con un rebote tras un córner (mala suerte de Barroso en el rebote en su espalda) y tiene bastante mérito la buena definición de Pinilla –quizás el único azul que entendió cómo jugar el partido, más allá de sus limitaciones– para marcar un 2-1 que no tenía nada que ver con lo que sucedía en la cancha.

En el entretiempo se nos vinieron varios fantasmas porque la indefinición nos estaba llevando a revivir a un rival que estaba absolutamente noqueado y superadísimo por las circunstancias. Pero el blooper del resbalón de JAra (grande Gonzalo, y bien Guede en la idea de regar la cancha, le pagó bien), que nuevamente contó con un Jaime Valdés superlativo en su lectura del partido, y brillante para tomar la mejor opción, terminó por fulminar cualquier atisbo de reacción azul. Notable lo del Pájaro para que Paredes marcara el más sencillo gol de los doce que le ha hecho a los laicos.

Es cierto que los mejores momentos de Valdivia se vieron luego del 3-1, y sin derechamente cancherear, buscó desesperar a los rivales y sacó tres amarillas; y que también se puede destacar la gran labor de Gabi Suazo, con un nivel de entrega y energía encomiables; y de la línea defensiva, muy sobria y que casi no tuvo grandes complicaciones. Pero este clásico será recordado por el imperial nivel de Jaime Valdés y, por sobre todo, por la legendaria –nuevamente– actuación de Esteban Efraín Paredes Quintanilla.

Tiene 37 años, uno no sabe hace cuánto un jugador de esa edad ha marcado en un Clásico contra la U. Uno tuvo que averiguar que desde hace 64 años un colocolino no le hacía tres goles en un mismo partido a los azules. Esteban mueve de tal manera el tablero de la historia que no sólo consigue cifras increíbles, sino que crea patrimonio: sus goles nos llevan a recordar a don Manuel Muñoz, a Jorge Robledo, a don Juan Aranda, a Chamaco, a Carlos Caszely. Fuimos testigos de historia viva: en un tránsito histórico donde cuesta cada vez más que los futbolistas se identifiquen y pasen cierto tiempo vistiendo la misma camiseta, vimos a un jugador hacer más goles que nadie a la U en toda la historia.

Y no cualquier gol, ojo. Una carrera memorable de más de sesenta metros contra Christian Vilches (gracias, Christian), con la pelota imantada a sus pies, y terminar batiendo a Herrera con un hermoso “hoyito” al propio 2 azul para marcar el 4-1 final. Esteban emociona a los matemáticos (con sus increíbles cifras), a los científicos (con su incomprensible estado físico considerando su edad) y a los humanistas (con su imperecedera capacidad para reescribir su propia historia e ingresar con letras doradas a los libros más lindos de esta camiseta) . Y además nos recordó a esa gloriosa conquista de Lucas del 2008.

No hay equipo al cual Paredes le haya hecho más goles (12), por Colo Colo, que a la U. Sus dos arqueros más batidos son el Tigre Muñoz y… Johnny Herrera (10 a cada uno). Es el cuarto goleador histórico de torneos nacionales con 188 goles y está apenas a cinco del tercero, Honorino Landa. Sumó 161 goles por Colo Colo y su mística nos hace creer que es posible que alcance a los 208 del Chino Caszely. Pero más allá de sus cifras estremecedoras, Paredes emociona, llega al centro del corazón colocolino, promete ganar la 30 y se pone esa camiseta y la gana, promete quince goles y hace dieciséis, promete goles en clásicos en el Nacional y en el Monumental, cumple de sobra y nos hace ganar. Y pensar que algunos canallas no le querían renovar . Hay pocas cosas más lindas en el fútbol y en la vida que ver cómo se hace la historia. Paredes tiene un especial talento, una especial cabeza, un aura inmortal para labrar un camino que ha sido difícil, ilógico, llegó a los casi 29 años, y pese a eso, es un eterno orfebre que moldea la greda de la historia linda de la camiseta blanca.

Ya reflexionaremos acerca de las razones por las cuales Colo Colo juega tan bien los clásicos y se enreda con otros equipos –dan ganas de jugar un campeonato sólo con clásicos–, pensaremos si esto nos dará el impulso para llegar a pelear este campeonato o no, pero por ahora, hay que disfrutar a concho un triunfo memorable, contundente, de esos que trauman rivales –toda una generación de jóvenes azules no han visto jamás ganar a su equipo en tierra prohibida, tal como lo fue Calama durante mucho tiempo para quienes andamos cerca de los 35– y remueven pisos . Y disfrutemos de Esteban mientras juegue, para que después le contemos a nuestros descendientes que lo vimos, que gritamos sus goles y que nos emocionamos con su entrega y categoría.

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