Cuentos RedGoleros: Promesas son promesas
Te invitamos a leer este nuevo relato futbolero.
- Bueno, ya… ¡nos vemos el lunes! ¡Ahí me los pasas!
- Ya, el lunes te los paso, te lo prometo, nos vemos, ¡cuídate!
Así me despedí del Michel ese viernes. Diciéndole “te lo prometo”. Y las promesas… son promesas.
1990. Mundial de Italia. Ciao, ese ente inanimado hecho a base de palos tricolores y con cabeza de pelota. “Un’estate italiana”, ese temón de Gianna Nannini, por masacre el mejor himno de la historia de los Mundiales –perdón Germán Casas–. El de las tapadas de Goycochea y del contragolpe Maradona-Caniggia para el 1-0 sobre el Brasil que les cascoteaba el rancho. Ese Mundial donde conocí a ese monstruo del fútbol e ídolo de mi infancia que fue el rumano Gheorghe Hagi que después despuntara aun más en USA ‘94. El del Brasil de Lazaroni con tres centrales traicionando la historia del fútbol brasuca. El de la Inglaterra de Gazza y David Platt. El de la cagada de Higuita y el meneo de Roger Milla. El de ese arquerazo costarricense, Gabelo Conejo. El del escupo de Rijkaard a Rudi Völler. El del equipazo alemán campeón del mundo que tenía de mitad para arriba a Matthäus, Hassler, Littbarski, el propio Völler y esa bestia que era Jürgen Klinsmann…
Pero para mí, sobre todo, Italia ’90 implica ser el primer álbum que junté de manera consciente.
Y así, Baggio, Brehme, Matthäus, Diego, Caniggia, David Platt, Higuita, Freddy Rincón, Alemão, Tony Cascarino, Careca, Hagi, Peter Shilton, Zenga, Bodo Illgner, Savicevic, Michel Preud’Homme, Rubén Sosa, Gullit… todos iban siendo pegados en mi álbum en los números correspondientes. Porque claro, yo ya había juntado el álbum de México ’86, de hecho ese fue mi primer álbum, pero uno era un pendejo de mierda que pegaba los monos en cualquier parte, cometiendo el sacrilegio por ejemplo de pegar a Sócrates Brasileiro en el plantel de Irak o a algún ignoto y olvidado futbolista polaco en el puesto de Michel Platini. Y anda el que me fuera a decir algo porque mi abuelita le sacaba la cresta bien sacada.
En ese tiempo uno comienza a apreciar las sensaciones asociadas a juntar un álbum. La primera, sin dudas, es la frustración de comprarte un sobre y que te salgan todas, todas, todas repetidas. Luego, ese espiral que transita de la angustia y la agonía a la alegría y el éxtasis cuando estás jugándote las láminas con un amigo. O con un compañero. O con un muchacho de otro curso que tiene esa maña totalmente inmoral de curvar los monos y luego poner la mano como una especie de cucharita para pegarle a las láminas y llevárselas todas… o aun peor, echarse imperceptiblemente saliva en la mano o tenerla varios segundos empuñada para que transpirara, y te dan ganas de pegarle pero el muchacho es más grande que tú así que a regañadientes aceptas perder tus monitos.
Y la otra sensación sin dudas es el intercambio de repetidas, esa reminiscencia al que debe haber sido el primer contrato en la historia del hombre en sociedad, la permuta, en ese entonces llamado trueque. O sea, cambiar tus monos y decir “la tengo, la tengo, la tengo, no la tengo, no la tengo, la tengo, no la tengo” es algo que todo niño decente debió haber hecho y, por cierto, yo no fui la excepción. Esa minifelicidad/ilusión del “no la tengo” es impagable.
Vuelvo a ese frío viernes de Junio de 1990. Yo tenía mi listita (hecha a mano, bien ñoño, obvio) con las láminas que me faltaban. El Michel tenía la suya, y quedamos de cambiar los monos. Pero ese viernes se me quedaron en la casa mis repetidas y el Michel llevó las suyas, e igual, en un gesto de confianza, me entregó las dieciocho láminas que él tenía repetidas y yo no tenía. Yo anoté las dieciocho que a él le faltaban. Mi angustia y ansiedad por pegar con Stic Fix esos monos era demasiado grande y parece que él la notó en mi cara, así que le dije que le pasaría las suyas el lunes.
Cuando le hice esa promesa de intercambio al Michel, no sabía que iba a terminar siendo como fue. Pero las promesas son promesas, y más en algo tan importante.
Domingo en la mañana. Yo, como siempre, estaba en la cama de mis papás y por supuesto viendo un partido del Mundial. Entra mi mamá llorando, y detrás dos compañeros de curso, también llorando. Y me dicen que se murió el Michel.
Yo no había vivido la muerte, tenía ocho años, no podía comprender de qué me estaban hablando, me dijeron lo que le pasó, yo seguía sin entender nada, un muchacho de nueve años no se puede morir pues, si uno se muere más viejito.
Pero no dejaba de pensar en algo. Obvio. En los dieciocho monos.
Por eso cuando hicimos la fila para ir a ver a Michel en su ataúd, le hablé. A su rostro quieto y pacífico. A su cuerpo quieto. A su alma de niño futbolero igual que yo. Y convencido de que me escuchó, se lo dije:
“Promesas son promesas”.
Y por eso, cuando lo fuimos a enterrar, recién cayendo en la cuenta de que mi amigo ya no estaría más, que su pierna derecha no le iba a pegar más a la pelota en el patio del colegio, que su cara blanca ya no sonreiría más, y cuando todos lo lloraban y le dejaban flores, yo me acerqué cuando nadie me viera.
Y ahí te dejé, Michel, por si no te has dado cuenta, a Baggio, a Ronald Koeman, a Van Basten y otros quince monitos que se fueron contigo. Tarde, pero ahí están. Sé que ahí están.
Por Darío Sanhueza (@DarioPat)
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